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domingo, 28 de agosto de 2016

Historia electrónica a la española

Recientemente leía un artículo en redacción médica que informaba de un trabajo científico en el que se estudiaba si la sustitución del papel por el ordenador resultaba satisfactoria para los médicos.

Estamos convencidos de que el uso de este tipo de herramientas informáticas bien diseñadas sirve para mejorar aspectos de la sanidad como la administración o la salud pública; además permite la recogida de datos para investigación de manera mucho más satisfactoria que el papel tradicional, garabateado con letra de médico. Es decir, seguramente sea mejor para pacientes y sociedad.

¿Entonces por qué los médicos no estamos contentos con el ordenador?. Independientemente de fobias o resistencias injustificables a la autoridad, lo cierto es que en mi vida profesional mi relación con el ordenador ha sido, verdaderamente, insatisfactoria.

Mi primer trabajo fue en un hospital en el que la informatización se inició en los años 90; los monitores eran de fósforo, por lo cual el uso de tecnologías basadas en la imagen era imposible, y la adaptación al entorno Windows fue difícil. Pero al menos teníamos en un solo sitio los informes de alta o los radiológicos. No era mal comienzo.

Posteriormente trabajé en un centro en el que se daba un hecho que he visto después repetirse como una constante en otros hospitales. El servicio de informática, poblado por grandes lumbreras con una “enorme" experiencia en este tipo de programas, creaba una interfaz con nombre rimbombante en la que se integraban, en el más espeluznante caos, accesos directos mediante infinito número de claves a radiología, análisis, informes de alta, etc. Muchas veces he pensado en la cantidad de dinero en forma de sueldos y material, la cantidad de horas de trabajo que se podían haber aprovechado para otras cosas y que cada hospital o servicio de salud ha desperdiciado para crear herramientas informáticas caseras, de las cuales hablaban con orgullo sus responsables, y que resultaban en un mar de ventanas abiertas en la pantalla de mi ordenador, con diversas claves (unas de cuatro cifras, otras de seis, otras de ocho, otras de cifras y números, etc, etc.) pero que me han permitido desarrollar una habilidad en el copia y pega solamente comparable con la que tengo para finalmente imprimir cantidades ingentes de volantes, informes y demás papeles que terminan, con frecuencia, en el sobre de la historia tradicional o en la caja de papel reciclado.

Supongo que IBM y los demás desarrolladores de programas y aplicaciones médicas cobrarán muy caros sus servicios, o que tenemos muchos cuñados y primos con la carrera de informática a los que enchufar. Pero, salvo honrosas excepciones, en cada nuevo sitio que voy concociendo se repiten los mismos errores. Y los profesionales están hasta hartos de perder el tiempo mirando pantallas para documentar lo que ven en el cada vez menor tiempo del que disponen para mirar sus pacientes a la cara.

Síndrome del quemado (Burn out).

viernes, 14 de marzo de 2014

La relación del cirujano con sus complicaciones


Las complicaciones son un hecho inherente a la especialidades quirúrgicas. El cirujano está expuesto a las mismas complicaciones en sus pacientes que los compañeros no intervencionistas, derivadas en unas ocasiones de su actuación y en otras de múltiples factores exógenos. Pero además su propia actividad manual provoca consecuencias añadidas que pueden llegar a ser graves, desde secuelas postoperatorias de mayor o menor gravedad, hasta la muerte. Y todo ello sin necesidad de haber cometido ningún error y mucho menos aún, una negligencia.

Durante la formación del MIR tuve la suerte de que mis mayores me enseñaran dos cosas a este respecto. En primer lugar, que el que no opera no tiene complicaciones; o dicho de otro modo, que por el simple hecho de operar, las complicaciones vendrán ineludiblemente, por sí solas. Segundo, me inculcaron un principio básico: aprende a resolver tus complicaciones, no hagas nada que no vayas a saber arreglar.

Cuando un cirujano tiene una complicación en el quirófano sabe que lo primero que debe hacer es resolverlo como pueda. Para que tenga éxito es precisa una buena formación y temple... o un ayudante que los tenga.

Cuando ha ocurrido un suceso grave en el quirófano, al acabar y en los días siguientes se desarrolla un malestar que se puede agravar en función de la respuesta del paciente y allegados. No existen dos familias iguales, a las que se pueda informar de la misma manera y que respondan del mismo modo. Aunque en general se reconoce que lo básico es informar con veracidad y con sinceridad, los acompañantes no siempre responden, cuando la complicación has sido grave, de la manera más adecuada. Aunque en muchos casos la familia comprende que lo ocurrido es posible por el hecho mismo de ser sometido a una intervención quirúrgica, no son raras las reacciones verbales o incluso físicas de violencia, asociadas generalmente a una desconfianza que dificulta la relación médico-paciente y, por tanto, añade un factor de estrés a la situación que ha sufrido el cirujano (dejando por sentado, desde luego, que el más afectado es el propio paciente).

Así pues, ante una complicación severa el cirujano sufre por su propio sentimiento de responsabilidad y por la relación con el paciente/familia. En estos casos, y sobre todo en cirujanos jóvenes, es importante sentirse comprendido y arropado por los compañeros.

Todos los cirujanos se enfrentan a través de los años a casos que les preocupan seriamente durante periodos largos, de meses. Todos conocen la sensación de que un paciente se eterniza en la planta, o de que a la vuelta de vacaciones sigue ahí la "cruz" que dejó antes de irse. Sin embargo, una o dos veces en la vida se presenta un caso que realmente supone un impacto importante en la esfera emocional, de comportamiento o social y que por tanto afecta a su actividad profesional o incluso personal. Se describen sentimientos de culpabilidad, crisis de confianza, ansiedad, malestar, repercusión en la actividad quirúrgica, interferencia en la vida personal, preocupación por la pérdida de reputación en el medio laboral, o dificultad en la relación con los compañeros. En estos casos no existe un sistema establecido por el empleador, en nuestro caso los hospitales, para colaborar en la recuperación. El afectado debe recurrir a sus propias capacidades o a la colaboración de los compañeros para recuperarse.

De forma que "sólo" nos queda estar preparados técnicamente, al día en conocimientos, ser prudentes y cuidar la buena relación con los compañeros. Y si no, "haber elegido muerte".



lunes, 17 de febrero de 2014

Entre el silencio y el Whatsapp, el hilo musical


La cirugía cambia. Probablemente poco más quede por hacer en campos como la escasa agresividad de nuestras intervenciones, las altas precoces y otros campos que cambiaron tras la llegada de la laproscopia. Hoy la atención se centra en otros aspectos y uno de ellos, trascendental, es la seguridad del paciente. Se están desahogando mecanismos de verificación o check-list, con el objeto de reducir los errores con una medida muy sencilla. Hay otros campos para mejorar la seguridad dentro del quirófano. Se está investigando, por ejemplo, por qué la probabilidad de tener una complicación está relacionada con el día de la semana en que uno se opere: quien pase por el quirófano un viernes tiene menos posibilidades de sobrevivir con bien a una intervención quirúrgica. Pero esto serán temas para artículos futuros.

Hoy me gustaría comentar un tema que últimamente ha llamado la atención de muchos cirujanos. Desgraciadamente, hay veces que el quirófano parece el desfile del día del orgullo gay, por el ruido ambiente que hay. Los anestesistas despotricando con su enfermera porque no funciona el sensor de la tensión arterial, por lo que no deja de sonar una chirriante alarma, mientras el titular se estudia por los cascos la declinación de los artículos indeterminados en alemán. El mecánico está cambiando la botella de CO2 que debió revisarse antes de empezar la operación, riéndose con el celador (del atleti) de la cara de los del Madrid tras caer en la final de copa por 6-1. La instrumentista explicando a la alumna cómo se monta la tijera. En ese momento entran la supervisora, para saber si vamos a acabar a tiempo, y la enfermera del quirófano de urgencias, para preguntar si necesitamos la consola del bisturí armónico o puede llevársela. En la radio dan la hora en punto y empiezan las noticias en Melodía FM. El teléfono, en el bolsillo interior de la chaquetilla del MIR, suena por tercera vez. Sólo la auxiliar está en silencio, mientras conversa por el Whatsapp con su cuñao. (ti-ti-ti, ti-ti tirititi).

Esta imagen, que es exagerada hasta el esperpento, en ocasiones no difiere mucho de lo que ocurre en realidad. Y se ha comprobado que el ruido en el quirófano altera la seguridad de la intervención. Cualquier ruido que se prolonga en el tiempo es molesto. El simple sonido de un aspirador, leve, generalmente inapercibido, solamente se percibe cuando la enfermera bloquea el tubo del mismo. En ese momento se extiende una curiosa sensación de paz por todo el quirófano, sorprendente por provenir de un sonido que ni siquiera oíamos.

Sin embargo, no está clara la contribución de la música a volúmenes bajos a ese deterioro del quirófano. De hecho, es conocido que los pacientes pueden beneficiarse de una música agradable. Y, aunque el efecto sobre los médicos en formación sea negativo, sobre los especialistas experimentados puede ejercer una acción tranquilizadora, además de aumentar su velocidad y concentración.

Pero mientras lo de la música será discutible (yo independientemente de la costumbre de cada uno, a un volumen aceptable creo que según el momento es agradable tenerla), lo que es inaceptable es el uso de los teléfonos "inteligentes" en los quirófanos. En mi opinión debería estar, simple y llanamente, prohibido. Puede que sea un "fascio-cirujano", pero no hay nada que me moleste más que una persona jugando o conversando con cualquiera de las aplicaciones, mientras salen del teléfono pitos, sirenas, flautillas, cornetines y demás cantinelas insoportables. 

Repito que en mi opinión los teléfonos deberían estar prohibidos terminantemente dentro del quirófano. Sin excusas. Pero, de momento, lo que es exigible es un uso adecuado, limitado y responsable. Al nivel de inteligencia del propio teléfono, para dejarnos operar tranquilamente a Lady Godiva



Una vez más, recordaros que recibo con agrado cualquier comentario.