Mostrando entradas con la etiqueta complicaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta complicaciones. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de octubre de 2015

La dieta mediterránea, ¿bañarse en aceite de oliva?



La sociedad de lo políticamente correcto ha convertido el término "gordo" en un insulto; es más propio llamarlo obeso y, el colmo de la corrección, sobrepeso. Pero un gordo es un gordo, y de diagnóstico oficial si su índice de masa corporal es mayor de 30 kg/m²

Fuera de esta anotación humorística, lo cierto es que la obesidad es un problema importante en todo el mundo civilizado y España no escapa a esta realidad. De hecho es uno de los países en el que el problema es más grave, sobre todo en lo que respecta a la obesidad infantil. Socialmente, un niño sano es un niño lustroso, colorado, relleno.

Obesidad en España, OCDE. http://goo.gl/zzvah9


Obesidad infantil en España, World Obesity, http://goo.gl/yBs0M

Los cirujanos en general "odiamos" a los gordos. En nuestro día a día somos testigos, sin ninguna duda, de que la obesidad influye decisivamente en los resultados de las intervenciones quirúrgicas. La obesidad provoca hipertensión arterial, problemas de movilidad, diabetes, infecciones tras la cirugía, etc. Empeora significativamente la calidad de vida. En las contadas ocasiones en las que conseguimos convencer a un paciente de la importancia de adelgazar, el agradecimiento suele ser inmediato. Estos pacientes disminuyen sus necesidades de ingesta de medicamentos, mejoran su movilidad, disminuyen sus problemas osteoarticulares, duermen mejor y otra serie de beneficios en su calidad de vida que agradecen como "efecto secundario" de la preparación para la intervención quirúrgica.

En España podemos pensar estar protegidos porque hemos "inventado" la dieta mediterránea. Incluso es "patrimonio cultural inmaterial de la humanidad". El problema es que de momento nadie ha querido definir la dieta mediterránea y divulgarla ampliamente; el concepto que tenemos es idealizado, más que basado en un conocimiento real de la misma. En el imaginario popular la identificamos con el aceite de oliva. Algo así como zumo de aceituna para desayunar en la tostada, para nuestras fritangas del mediodía, los huevos fritos por la noche en abundante aceite de oliva; y jabón del Mercadona al aceite de oliva para la ducha. No parece que esto nos vaya a permitir reducir la obesidad y mejorar la calidad de vida de la población.


Si es importante comer verduras, cereales, legumbres y aceite de oliva y beber vino, entre la dieta de mis abuelos identifico pocas te estas características. Más bien pasaban hambre y comían lo que había. Y entre mi dieta y la mis hijos, identifico un exceso de todo tipo de carnes, pescados, productos azucarados y de caprichos que me parece que la alejan bastante de la cacareada dieta mediterránea. Y el vino no suele estar en la mesa más que en ocasiones especiales.

Cuando mis pacientes me preguntan sobre dieta mediterránea y otros aspectos de su alimentación, me confieso ignorante. Soy capaz de recomendar verduras, evitar otro tipo de aceites diferentes al de oliva (pero sin mitificar a este) y sobre todo recomiendo platos más pequeños y realizar ejercicio diario. Para todo lo demás remito al endocrino

En internet el concepto dieta mediterránea cada vez es más "corrupto" y me recuerda a un publireportaje patrocinado por las casas de aceite y jamón, al estilo de la patraña del Actimel. Si bien los beneficios son conocidos, la mercantilización del concepto lo puede terminar por desvirtuar por completo. Las sociedades científicas deben de preocuparse por identificar en qué consiste el estilo de vida mediterráneo y cómo consigue sus beneficios y olvidarse de buscar logotipos para su página.

No crean que escribir esta parrafada no me supone un esfuerzo. Voy a ver si me almuerzo una tostada de pan con tomate y jamón con una copita de riojita rico. Saludos.


viernes, 14 de marzo de 2014

La relación del cirujano con sus complicaciones


Las complicaciones son un hecho inherente a la especialidades quirúrgicas. El cirujano está expuesto a las mismas complicaciones en sus pacientes que los compañeros no intervencionistas, derivadas en unas ocasiones de su actuación y en otras de múltiples factores exógenos. Pero además su propia actividad manual provoca consecuencias añadidas que pueden llegar a ser graves, desde secuelas postoperatorias de mayor o menor gravedad, hasta la muerte. Y todo ello sin necesidad de haber cometido ningún error y mucho menos aún, una negligencia.

Durante la formación del MIR tuve la suerte de que mis mayores me enseñaran dos cosas a este respecto. En primer lugar, que el que no opera no tiene complicaciones; o dicho de otro modo, que por el simple hecho de operar, las complicaciones vendrán ineludiblemente, por sí solas. Segundo, me inculcaron un principio básico: aprende a resolver tus complicaciones, no hagas nada que no vayas a saber arreglar.

Cuando un cirujano tiene una complicación en el quirófano sabe que lo primero que debe hacer es resolverlo como pueda. Para que tenga éxito es precisa una buena formación y temple... o un ayudante que los tenga.

Cuando ha ocurrido un suceso grave en el quirófano, al acabar y en los días siguientes se desarrolla un malestar que se puede agravar en función de la respuesta del paciente y allegados. No existen dos familias iguales, a las que se pueda informar de la misma manera y que respondan del mismo modo. Aunque en general se reconoce que lo básico es informar con veracidad y con sinceridad, los acompañantes no siempre responden, cuando la complicación has sido grave, de la manera más adecuada. Aunque en muchos casos la familia comprende que lo ocurrido es posible por el hecho mismo de ser sometido a una intervención quirúrgica, no son raras las reacciones verbales o incluso físicas de violencia, asociadas generalmente a una desconfianza que dificulta la relación médico-paciente y, por tanto, añade un factor de estrés a la situación que ha sufrido el cirujano (dejando por sentado, desde luego, que el más afectado es el propio paciente).

Así pues, ante una complicación severa el cirujano sufre por su propio sentimiento de responsabilidad y por la relación con el paciente/familia. En estos casos, y sobre todo en cirujanos jóvenes, es importante sentirse comprendido y arropado por los compañeros.

Todos los cirujanos se enfrentan a través de los años a casos que les preocupan seriamente durante periodos largos, de meses. Todos conocen la sensación de que un paciente se eterniza en la planta, o de que a la vuelta de vacaciones sigue ahí la "cruz" que dejó antes de irse. Sin embargo, una o dos veces en la vida se presenta un caso que realmente supone un impacto importante en la esfera emocional, de comportamiento o social y que por tanto afecta a su actividad profesional o incluso personal. Se describen sentimientos de culpabilidad, crisis de confianza, ansiedad, malestar, repercusión en la actividad quirúrgica, interferencia en la vida personal, preocupación por la pérdida de reputación en el medio laboral, o dificultad en la relación con los compañeros. En estos casos no existe un sistema establecido por el empleador, en nuestro caso los hospitales, para colaborar en la recuperación. El afectado debe recurrir a sus propias capacidades o a la colaboración de los compañeros para recuperarse.

De forma que "sólo" nos queda estar preparados técnicamente, al día en conocimientos, ser prudentes y cuidar la buena relación con los compañeros. Y si no, "haber elegido muerte".



viernes, 11 de octubre de 2013

De cirujanos y barberos

Soy cirujano.

Comenzar un blog con esta declaración me ha parecido lo más correcto. No porque pretenda escribir una bitácora sobre cirugía; los temas médicos serán mayoría, pero no exclusivos. Sin embargo, las características de los cirujanos les hacen diferentes al resto de los médicos. No mejores, seguramente tampoco peores, pero distintos.

Me hubiese gustado llamar a mi blog primum non nocere. Pero llegar tarde a esto de la red tiene algunos problemas, como por ejemplo que exista un blog con ese nombre y, por añadidura, uno de los mejores que conozco. Mis maestros pretendieron enseñarme que mi primera intención debería ser no hacer más daño que el que cualquier intervención quirúrgica ya ocasiona por sí misma. Probablemente debería decir que cualquier gesto médico, diagnóstico o terapéutico, puede provocar un daño. Pero la relación del cirujano con sus complicaciones no tiene comparación en ninguna otra especialidad médica. Un bisturí, una pinza o las manos pueden hacer mucho daño, incluso haciendo todo según el mejor arte.

En mi trabajo diario me encuentro con muchos pacientes que conocen los riesgos a los que se exponen ante una intervención quirúrgica. Sin embargo, en la sociedad actual hay una tendencia marcada hacia el pensamiento de que no existen riesgos en las intervenciones de mediano o pequeño calibre. Este fenómeno lo conocen y lo sufren diariamente los obstetras y pediatras: porque socialmente parece que es imposible que un niño o una mujer mueran en el parto, pero la mortalidad materno-infantil existe y existirá.

En cirugía hay situaciones en las que parece inaceptable que se produzca una complicación grave, que incluso pueda poner en riesgo la vida del paciente. ¿Cómo se va morir alguien con una apendicitis o por quitarle la vesícula cuando solo ha tenido unos pocos cólicos? Evidentemente el riesgo en algunos procesos es bajo, pero incluso en pacientes en los que nada hace prever un desenlace complicado, la propia naturaleza del acto quirúrgico conlleva un riesgo que nunca es cero.

Las causas de que algunos pacientes se expongan a este riesgo "como el que va a afeitarse" son varias. Por un lado, a la hora del consentimiento informado, pocos pacientes se atreven a preguntar. Sin duda el acto de la información por parte del médico para la obtención del consentimiento informado es una asignatura pendiente en España. En general hay una tendencia a quitar "hierro" a la hora de requerir la firma en el documento; quizá tengamos una exagerada confianza en nuestra capacidad y en las bondades de la técnica y de la tecnología. Pero también hay un mal entendido proteccionismo de cara al paciente, con la perversa intención de no "asustar": «No se lea el papel; si se lo lee no se opera, firme y ya está». Y si se lo lee, no siempre lo tiene fácil para entenderlo.

Pero como siempre, creo que la administración también tiene su parte de culpa. Hasta el comienzo de los recortes, todos los servicios de salud se vanagloriaban de sus excelentes resultados, de lo buenos y guapos que son sus médicos, de sus magníficos hospitales y la impresionante tecnología que todo lo permite. En resumen, la administración como cualquier empresa se vende, aunque en este caso no sea por dinero, sino por votos.

Cuando se produce una complicación grave las familias informadas suelen reaccionar como es de esperar, con disgusto y preocupación. Pero una de las reacciones más frecuentes entre las familias que han acudido con desconocimiento o desprecio de los riesgos es el enfado. Un familiar desinformado es un familiar cabreado, con razón o sin razón, pero enfadado al fin. Son frecuentes las amenazas,  afortunadamente pocas veces físicas, pero a menudo se advierte de la intención de tomar acciones legales. Pese a que muchos cirujanos hemos recibido estas advertencias, en España pocas veces estas amenazas terminan en el juzgado.

En estas situaciones es importante centrarse en lo principal. La presión excesiva de la familia no puede llevar a actitudes intervencionistas que agreguen aún mas riesgos al proceso. Estas presiones con frecuencia no son sólo de la familia, sino que al tratarse de pacientes con manejo multidisciplinar en ocasiones es difícil escapar al influjo de intensivistas, internistas y demás 'fauna hospitalaria' que añaden factores de distorsión a lo que debería ser el manejo del paciente quirúrgico. Por supuesto (y antes de llenar mi recién estrenado blog con airosas protestas de aludidos), con la mejor intención.

Afortunadamente para todos, la mayoría de estos pacientes salen del hospital curados tanto de su enfermedad como de cuantas complicaciones la cirugía o el cirujano modernos les hayan podido causar. Y en muchas ocasiones es precisamente el paciente que peor lo ha pasado el más agradecido al final de su proceso. Por supuesto, la próxima vez preguntará y será consciente de que en el hospital, para recuperar la salud, la puede perder.